Para muchas familias bilingües, una lengua de herencia es mucho más que una herramienta de comunicación. Es un vínculo con el pasado, un marcador de identidad y una forma de mantenerse arraigados mientras navegan nuevos mundos. Según Statistics Canada, una de cada cuatro personas en el país ahora tiene una lengua materna distinta del inglés o del francés. Estas lenguas crean puentes entre los lugares de donde provienen las familias y los lugares que ahora llaman hogar.
La carga emocional de estas lenguas es inconfundible. Una lengua de herencia puede recordar cocinas de la infancia, festividades celebradas lejos o abuelos cuyas historias pierden matices al traducirse. Ayuda a que las personas se sientan en casa incluso cuando su entorno es desconocido. Pero preservar una lengua de herencia no siempre es sencillo. Las familias difieren ampliamente en la forma en que estas lenguas sobreviven, evolucionan o se desvanecen a lo largo de las generaciones.
Cómo las historias familiares moldean el lenguaje
Investigaciones recientes sobre familias vietnamitas en Montreal muestran lo personal que puede ser este proceso. Los investigadores encontraron que incluso dentro de la misma diáspora, las lenguas de herencia pueden seguir caminos distintos según la historia que cada familia trae consigo.
Para las familias que huyeron de Vietnam después de la caída de Saigón debido a la persecución política, la lengua de herencia estaba ligada a la protección. Estos padres creían que su lengua y su cultura estaban amenazadas en su país de origen, y esa creencia influyó en cuán decididos estaban a preservarlas en el extranjero. Fundaron escuelas de fin de semana, construyeron centros culturales y crearon grupos juveniles para que la siguiente generación creciera rodeada del idioma vietnamita y de sus tradiciones.
Las familias que emigraron por dificultades económicas adoptaron un enfoque distinto. En lugar de ver la lengua como algo en peligro, la veían como una conexión viva con un país del que aún se sentían orgullosas. Animaban a sus hijos a ver programas vietnamitas, escuchar música vietnamita y seguir la cultura contemporánea de su país. El resultado fue una forma natural y autodirigida de aprendizaje que surgía del entretenimiento más que de la obligación.
Ambos caminos funcionaron, pero por razones diferentes. La lección es clara: las lenguas de herencia no están moldeadas solo por la gramática o el vocabulario, sino por las historias emocionales que las familias traen consigo.
Por qué la comunidad importa
Las lenguas prosperan cuando se usan, y las comunidades ayudan a que eso sea posible. En Montreal, los hijos de inmigrantes políticos tenían una red más amplia de amistades que hablaban vietnamita porque sus padres tendían a establecerse cerca de otras familias con antecedentes similares. Estas redes ofrecían a los niños más oportunidades de practicar la lengua en la vida real.
Las familias que emigraron por razones económicas vivían en vecindarios más dispersos y tenían menos pares cercanos que compartieran la lengua de herencia. Aun así, las amistades que sus hijos sí formaban solían ser más profundas y cercanas. Las investigaciones muestran que las conversaciones significativas y personales apoyan el desarrollo del lenguaje de manera más efectiva que las interacciones casuales. Por ello, incluso un contacto limitado podía ser poderoso cuando las relaciones eran sólidas.
El costo emocional del silencio
No todas las personas que heredan una lengua crecen con acceso al idioma de su familia. En muchos hogares, padres que alguna vez hablaron otra lengua deciden abandonarla con la esperanza de ayudar a sus hijos a integrarse. En ocasiones, esta decisión surge del temor de que mantener la lengua del hogar retrase a un niño en la escuela o lo haga ver como “diferente” de una forma que complique su vida. La intención es protectora. La consecuencia suele ser una pérdida no prevista.
Para la siguiente generación, ese silencio se convierte en su propia herencia. Muchas personas adultas describen haber crecido con una sensación persistente de vacío: la impresión de que una parte invisible de su identidad quedó fuera de su alcance. Cuando finalmente intentan aprender la lengua en la adultez, el proceso se convierte en algo más que vocabulario o gramática. Se transforma en un camino para comprender las historias que sus padres nunca contaron, las costumbres que se desvanecieron en segundo plano y las historias que nunca se transmitieron.
Identidad entre mundos
Las personas hablantes de lenguas de herencia a menudo se encuentran moviéndose entre mundos culturales. Pueden hablar una lengua en casa y otra fuera de ella. Pueden alternar costumbres según con quién estén. Esta capacidad de navegar múltiples identidades no es una carga, sino una fortaleza. Forma personas culturalmente flexibles, empáticas y capaces de ver el mundo desde más de una perspectiva.
Las lenguas de herencia profundizan esa flexibilidad. Ofrecen acceso a claves culturales, humor, historia y emoción de formas que rara vez capturan las traducciones. Cuando alguien se comunica con un abuelo en la lengua de herencia, la relación se siente distinta. Cuando celebra una festividad o comprende un proverbio en su forma original, se sitúa dentro de una tradición en lugar de observarla desde fuera.
Por qué importan las lenguas de herencia
No existe una única forma correcta de transmitir una lengua de herencia. Algunas familias construyen entornos de aprendizaje estructurados. Otras se apoyan en la cultura y el entretenimiento. Algunas redescubren la lengua más adelante en la vida. Pero todos estos caminos comparten un hilo común: reflejan el profundo deseo humano de mantenerse conectado con el lugar de donde se viene mientras se abraza a la persona en la que uno se convierte.
Las lenguas de herencia nos recuerdan que la identidad no es fija. Evoluciona junto con las historias que cargamos y los mundos que recorremos. Y en esa evolución, las vidas bilingües se vuelven más ricas, con más capas y con vínculos más profundos entre generaciones.
