Aunque quizá no reconozca el nombre, casi con certeza está familiarizado con él. El Alfabeto Fonético de la OTAN es un conjunto históricamente establecido de 26 palabras, cada una asignada a una letra del alfabeto inglés. El propósito de estas palabras es eliminar la confusión cuando las personas intentan deletrear palabras en voz alta por teléfono o radio.
El alfabeto está tan arraigado en nuestra cultura popular y corporativa que escuchamos y entendemos su propósito sin detenernos a pensar de dónde proviene.
Probablemente usted se ha encontrado con este alfabeto en películas como Black Hawk Down o Top Gun, donde los soldados transmiten mensajes por radio usando palabras clave como “Bravo” y “Charlie”. De igual forma, la película de 2016 Whiskey Tango Foxtrot utiliza el alfabeto de la OTAN en todo su título, lo que demuestra qué tan profundamente estas palabras se han integrado en la cultura popular.
Antes de que el alfabeto fuera universalmente conocido, se perfeccionó a lo largo de décadas de pruebas, errores y uso cotidiano, con el fin de garantizar una ortografía precisa a larga distancia, a través de interferencias y entre personas con distintos acentos.
Un sistema que usted usa sin pensarlo
Hoy en día, cuando las personas usan este alfabeto, rara vez se dan cuenta de que están participando en un sistema internacional cuidadosamente diseñado.
Por ejemplo, usted podría usarlo instintivamente cuando está al teléfono con la compañía de su tarjeta de crédito para confirmar la ortografía de su nombre, cuando habla con un representante de atención al cliente de una aerolínea o cuando dicta una dirección de correo electrónico a alguien con un acento diferente al suyo.
En estos momentos, cuando la precisión es fundamental y un error podría causar problemas importantes, alguien podría decir: “No, no, no es D. Es B de Bueno”, o aclarar diciendo: “M de María”, para evitar cualquier posible confusión.
Antes de continuar, vale la pena señalar que, a pesar de su nombre, el Alfabeto Fonético de la OTAN en realidad no es fonético, ya que no describe cómo deben pronunciarse las palabras. En realidad, técnicamente es un “alfabeto de deletreo”, que también puede llamarse “alfabeto de radio”.
La versión que reconocemos hoy fue definida formalmente en 1956, pero la historia comienza mucho antes, en una época en la que simplemente escuchar la voz de otra persona a través de un cable eléctrico era algo tecnológicamente asombroso y, al mismo tiempo, poco confiable.
Interferencias, diafonía y el problema de los primeros teléfonos
Cuando las primeras líneas telefónicas con fines comerciales comenzaron a operar en la década de 1870, la claridad no estaba garantizada. Las primeras llamadas telefónicas estaban plagadas de interferencias, que iban desde simples distorsiones hasta la “diafonía”. Estas distorsiones provocaban que sonidos y letras se mezclaran con frecuencia, haciéndolos muchas veces indistinguibles.
Al operar centralitas telefónicas, los primeros telefonistas descubrieron rápidamente que algunas letras eran más difíciles de entender que otras. En una línea telefónica con ruido, una D cuidadosamente pronunciada podía confundirse con una T, una C podía confundirse con una E, y las M y las N podían mezclarse.
Aunque la tecnología era nueva, resultaba tan conveniente que el mundo pronto se volvió dependiente de ella, especialmente en los sectores de negocios y finanzas. Por lo tanto, estos pequeños errores podían tener grandes consecuencias. Una inicial mal escuchada en una transferencia bancaria o en una instrucción de envío podía provocar retrasos o pérdidas financieras. Así, los telefonistas comenzaron a compensar de manera natural asociando las letras problemáticas con una palabra que no pudiera confundirse fácilmente con otra.
A principios del siglo XX, ya era una práctica común aclarar letras difíciles acompañándolas con palabras conocidas. Con frecuencia se utilizaban nombres de lugares o nombres propios comunes. Por ejemplo, los operadores solían usar Pedro para la P, Roberto para la R, India para la I y María para la M alrededor de 1912.
Al principio, esta práctica informal variaba según la región y el operador, pero la estandarización ya estaba en camino.
De la improvisación a un estándar global que aún se usa hoy
Cabe señalar que, en el proceso, tanto los británicos como los estadounidenses eligieron algunas palabras pintorescas que no llegaron a formar parte de nuestro alfabeto actual. Entre ellas estaban Beer, Butter, Monkey, Pudding, Whiskey, Jig y Quack. Estas elecciones eran vívidas y memorables, incluso algo lúdicas, y revelaban el lado humano de los sistemas institucionales.
Sin embargo, con el paso de las décadas, los científicos comenzaron a estudiar el alfabeto de la OTAN. Los lingüistas analizaron cómo funcionaban las palabras en distintos acentos del inglés, francés y español, las probaron en condiciones ruidosas y trabajaron de manera colaborativa para crear un sistema apto para uso global.
Tras múltiples revisiones, se adoptó en 1956 una versión oficial del alfabeto que equilibraba la claridad auditiva con la utilidad internacional.
Y así, lo que comenzó como una solución práctica para los primeros telefonistas sigue respaldando hoy en día nuestros procesos globales de atención al cliente. A pesar de nuestros importantes avances tecnológicos, todavía necesitamos ayuda cuando se trata de diferentes acentos en el inglés hablado. Ya sea que usted esté hablando con alguien de Jamaica, Colombia o India, el Alfabeto Fonético de la OTAN sigue siendo útil en la actualidad.
