Basta entrar en casi cualquier salón de clases para encontrar, colgada en la pared, una imagen conocida del planeta: un mapa que representa los países y continentes actuales de una manera muy concreta.

Europa aparece en el centro, ocupando un lugar destacado. Al oeste, América del Norte se extiende sobre una porción enorme del mapa, y Groenlandia parece tan grande como todo el continente africano.

Como esa visión se aprende a muy corta edad, rara vez se cuestiona si es exacta o si hay otras perspectivas igual de válidas. Hacerse esas preguntas lleva a descubrimientos reveladores sobre por qué el mundo se percibe así y sobre cómo corregir algunas de las ideas equivocadas que uno ha ido absorbiendo por el camino.

El mapa de Mercator

El mapa con el que creció la mayoría se remonta al siglo XVI, cuando el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator presentó su proyección en 1569. Mercator no la pensó para decorar la pared de un aula. Tampoco para que los alumnos de segundo de primaria recitaran de corrido los nombres de todos los países.

Como tantas otras cosas, su mapa nació por motivos prácticos y económicos. En la era de la vela, el comercio dependía en gran medida de los barcos que cruzaban alta mar, y los navegantes necesitaban cada vez más mapas fiables para seguir sus rutas.

Lo importante es que Mercator no buscaba la imagen más exacta del mundo; solo quería ayudar a los marinos a llegar del punto A al punto B evitando encallar o dar un rodeo tan largo como el de Ulises.

Pero, al hacerlo, dibujó un mapa que distorsionaba el tamaño relativo de los continentes, y su imagen se volvió tan común que esa deformación acabó arraigando en la mentalidad popular.

Un mapa (no) a escala

Los errores de proporción de los mapas de Mercator saltan a la vista en cuanto se compara el tamaño de distintas regiones.

En realidad, África es unas siete veces más grande que la Unión Europea. Sin embargo, en un mapa de Mercator los dos parecen más o menos del mismo tamaño. Con Groenlandia pasa algo parecido: se ve enorme, aunque África es unas catorce veces mayor.

La causa es que los mapas de Mercator van estirando el terreno a medida que se acerca a los polos, de modo que una superficie de 100 kilómetros cuadrados cerca de Oslo puede verse cuatro veces mayor que otra igual cerca de Nairobi.

Mercator no pretendía engañar a nadie, y tenía una razón práctica para dibujarlo así: en ese mapa, una línea recta representa un rumbo constante de brújula, lo que hacía la navegación marítima mucho más sencilla que antes.

El problema es que ese mapa náutico terminó tomándose por un retrato de la realidad geográfica. Y no es el único que elige. Todo mapa decide qué mostrar, dónde poner el centro y qué dejar fuera. Hasta los más precisos son interpretaciones de los rasgos de la Tierra.

Mapas y significado

Aquí es donde los mapas empiezan a parecerse, en muchos sentidos, al lenguaje.

Las palabras elegidas y la manera de combinarlas influyen en cómo la gente percibe la realidad. Los mapas hacen algo parecido sirviéndose de líneas, colores, fronteras y proporciones, y con esas decisiones logran que unos lugares parezcan destacados y otros periféricos, unos centrales y otros marginales.

Toda representación del planeta lo ha hecho siempre: los antiguos babilonios situaron Babilonia en el centro de su mapa del mundo conocido. En la Edad Media, los mapas europeos solían dar más importancia a ciertos sitios religiosos que al resto.

Conviene reconocer que los mapas transmiten significados, porque eso deja claro que no solo sirven para encontrar lugares: también dan forma a la manera de percibirlos frente a otros. Un mapa que pone un continente en el centro y hace que otro parezca mucho más pequeño de lo que es acaba condicionando la idea que uno se hace de esas partes del mundo.

Otros rumbos

Hoy se sabe que el mapa de Mercator, por conocido que sea, ofrece solo una manera de ver el mundo. Eso plantea una pregunta: ¿existen alternativas y cómo interpretan la realidad geográfica?

Las hay. Entre ellas:

De viaje con los mapas

A los mapas se les suele conceder una autoridad que otros medios no tienen. A cualquiera le enseñan a cuestionar el sesgo de un artículo o la autenticidad de una fotografía. Con los mapas, en cambio, ese escepticismo rara vez aparece.

Y, sin embargo, trasladar a dos dimensiones la superficie de una esfera tan compleja como el planeta obliga siempre a tomar decisiones: los colores, las fronteras y los tamaños los decide quien dibuja el mapa.

Un mapa trazado de una manera determinada empuja a quien lo mira hacia ciertas conclusiones sobre lo que representa; ser consciente de ello es el primer paso para tener una imagen más fiel del mundo en que se vive.

Sobre del autor
Prateek J

Prateek J

Prateek es un escritor independiente con formación académica en ciencias de la información e ingeniería. Tiene un gran interés en el campo de la semiótica y disfruta del teatro, la poesía y la música.