Quien haya leído unas cuantas historias de Sherlock Holmes acaba dándose cuenta de que todo buen detective ve en el calzado una fuente importante de pruebas forenses para sus pesquisas.

El sabueso de Baker Street sacaba muchas conclusiones de la gente fijándose en las huellas o en el barro de los zapatos. La investigación moderna ha ido un paso más allá. Hoy se sabe mejor qué revela el calzado de quien lo usa.

Un estudio de la Universidad de Kansas apunta a que, cuando se trata de causar una primera impresión, los zapatos podrían pesar más de lo que uno imagina. Y no se trata solo del gusto. Que alguien prefiera el cuero elegante o algo bastante más atrevido es solo una parte de lo que transmiten.

Con solo ver fotos de zapatos, los participantes lograron deducir datos como la edad, los ingresos y hasta la ansiedad de apego del dueño, es decir, su miedo al rechazo o al abandono.

Los resultados permiten asomarse a algo fascinante: cuántas señales procesa la gente para juzgar a otros cuando acaba de conocerlos.

Cosa de cordones

Podría pensarse que el calzado es lo más humilde de cualquier atuendo: una mancha en la camisa se lava enseguida y un vestido se cubre con un impermeable, pero los zapatos rara vez reciben ese cuidado. Se los deja a merced del clima y muchas veces se los juzga por cuánto aguantan los golpes.

De ese modo, los zapatos acaban guardando marcas de la vida diaria: las superficies que más se pisan, la actividad física y mucho más.

Los psicólogos tienen un término para los rastros de información que cada persona va dejando con la forma de vivir y los hábitos. Lo llaman residuo conductual (behavioral residue). Unas botas muy usadas, unos zapatos oxford lustrados o unos tenis destrozados cuentan algo de cómo alguien anda por el mundo.

No sorprende, entonces, que de forma subconsciente uno vaya tomando nota de lo que los demás llevan en los pies.

Tras la pista

El estudio se remonta a 2012, cuando un equipo dirigido por el psicólogo Omri Gillath, de la Universidad de Kansas, se propuso averiguar cuánto se puede saber de alguien por el calzado que elige. La coautora fue Angela Bahns, del Wellesley College. Partían de una idea: la gente juzga a los demás muy deprisa y a partir de detalles de apariencia sorprendentemente escasos. Eso supone mirar a la persona de la cabeza a los pies, incluido lo que lleva en ellos.

El experimento era sencillo. Un grupo de participantes envió fotos de los zapatos que usaba con más frecuencia y otro, observando esas fotos, se encargó de formarse una idea de sus dueños. En varios aspectos, los juicios de este segundo grupo fueron sorprendentemente certeros.

Quienes evaluaban lograron inferir el género, el rango de ingresos y la edad, e incluso rasgos más complejos como la ansiedad de apego, con más precisión de la que cabría esperar por azar.

Algunas de estas deducciones se apoyaban en señales visuales evidentes: por ejemplo, el calzado de mujer suele verse muy distinto del de hombre. Pero varias de las más profundas salían de detalles sutiles, como el grado de desgaste o si se notaba que alguien les daba mantenimiento. Así, quienes tenían más ansiedad de apego tendían a llevar zapatos que parecían nuevos y bien cuidados.

El estudio no plantea que los zapatos revelen todo lo que uno quisiera saber de alguien; lo que ofrece es una ventana a cómo la gente aprovecha fuentes de información en apariencia insignificantes para formarse juicios razonablemente acertados sobre los demás.

Más allá de la moda

Los zapatos resultan útiles para este tipo de estudio porque son una parte muy estable de la vestimenta.

Con la ropa que se lleva ocurre lo contrario: varía mucho según toda una serie de factores. Uno puede consultar el pronóstico del tiempo y acabar eligiendo otra cosa para ir al trabajo, y hay eventos que piden ciertos accesorios.

El calzado, por su parte, rara vez cambia tanto. Los pares que más se usan van acumulando el polvo de la rutina. La suela se gasta distinto según la forma de caminar, y el cuero se arruga siguiendo los movimientos de quien lo lleva.

Eso podría ayudar a explicar por qué los zapatos delatan tanto a sus dueños: se convierten en un lienzo donde queda constancia de los comportamientos repetidos.

La vida interior de los objetos cotidianos

Buena parte de la comunicación humana es no verbal. La postura, el contacto visual, las expresiones faciales y los gestos, es decir, el lenguaje corporal, tienen un papel clave en cómo se transmite y se recibe un mensaje. De ahí que, en cualquier interacción, uno ya haya dicho mucho de sí mismo antes de pronunciar la primera palabra.

A esa lista de señales se puede sumar ahora el calzado.

Eso sí, conviene ser prudente: las primeras impresiones pueden estar bien fundadas, pero no son perfectas.

Puede que alguien use un determinado par solo porque se lo regalaron, o que el desgaste que se ve venga de una época en que estuvo lesionado. El contexto siempre importa.

En el fondo, la lección es que el ser humano se comunica de muchas formas. El cuerpo y las pertenencias acaban registrando el día a día. Por eso, antes de juzgar a alguien por lo que lleva puesto, conviene ponerse un momento en sus zapatos y dar unos pasos con ellos.

Sobre del autor
Prateek J

Prateek J

Prateek es un escritor independiente con formación académica en ciencias de la información e ingeniería. Tiene un gran interés en el campo de la semiótica y disfruta del teatro, la poesía y la música.