Dos personas empiezan una frase en inglés, se pasan a otro idioma a media frase y vuelven después a la primera: quien haya visto esa escena ya ha presenciado un cambio de código. Hay quien supone que «necesitar» pasar de un idioma a otro delata un dominio incompleto, cuando en realidad ese ir y venir exige un nivel alto de fluidez. Sirve para moverse entre contextos sociales, culturales y conversacionales de un modo que con un solo idioma no se lograría con la misma facilidad.

Aunque a los hablantes bilingües les resulte útil, recoger ese vaivén con fidelidad no es sencillo, y menos aún para un transcriptor monolingüe. Los límites entre las palabras y entre los significados pueden difuminarse. Decisiones mínimas de quien transcribe acaban torciendo el sentido sin que se note. Ahí está el motivo de que un hablante bilingüe que cambia de código ante un tribunal pueda quedar en desventaja.

¿Qué es el cambio de código?

El término designa la alternancia entre dos o más idiomas dentro de una conversación. Puede darse de una oración a otra, entre frases o en mitad de una sola. Esos saltos no son interrupciones al azar para pensar, ni el resultado de que alguien haya «olvidado» cómo decir lo que quería en la lengua que estaba usando. La alternancia obedece a reglas lingüísticas y refleja lo que el hablante intenta transmitir.

Uno de los motivos más frecuentes es la eficacia. Puede que una idea o un modismo de un idioma recojan mejor lo que se quiere decir, o el matiz afectivo que se busca, que cualquier otra disponible en el idioma que se está usando. Entonces se recurre al otro un momento. También se cambia de código para marcar solidaridad o cercanía con los hablantes de una comunidad determinada. Y hay emociones, como la tristeza o el enojo, que suelen aflorar en el idioma en que se sintieron por primera vez.

Las dificultades de transcribir el habla con cambio de código

Transcribir de la manera habitual puede dar problemas cuando quien habla cambia de código. Una transcripción fiel ya exige mucha atención a la pronunciación, los tiempos, el significado y las vacilaciones. La alternancia añade una tarea más: ir localizando dónde termina un idioma y dónde empieza el siguiente.

Límites entre idiomas

Hay cambios que saltan a la vista y otros muchos que resultan sutiles o incluso pasan inadvertidos. Dos idiomas pueden compartir vocabulario, los préstamos por ejemplo, y entonces puede costar saber de cuál de ellos viene el sentido que busca quien habla. El sonido y el significado no siempre coinciden. La tarea se complica aún más si se piensa que alguien puede decir un término de un idioma con el acento de otro.

Sirva de ejemplo la palabra inglesa service. En japonés, sābisu es un préstamo que suena casi igual pero quiere decir otra cosa. Si una persona cuenta que recibió service, puede querer decir que unos empleados la atendieron, que es el sentido inglés, o que le dieron algo gratis, el japonés. Y en idiomas llenos de onomatopeyas de significado específico, esos sonidos pueden quedar fuera por completo, como si fueran «adorno» sobrante.

Ortografía

Aun identificando bien las palabras, el transcriptor tiene que decidir cómo dejarlas por escrito. ¿Las escribe tal como suenan? ¿Marca los saltos de idioma en cursiva o con alguna etiqueta? ¿Y qué hace cuando una palabra queda a medio pronunciar o se funde con los giros y los modismos del otro idioma?

Por lo general, las transcripciones judiciales priorizan la legibilidad. Así, las marcas de la alternancia pueden reducirse al mínimo para que el texto fluya, sobre todo trabajando a toda velocidad.

Significado

Cambiar de código puede incidir en el significado por varias vías. Está, para empezar, el sentido literal de aquello a lo que se pasa. Pero el hecho mismo de que se produzca el salto puede significar algo por sí solo: sirve para enfatizar, suavizar una crítica, citar a alguien o cumplir cualquiera de otras muchas tareas lingüísticas. Una transcripción que aplana esas señales puede alterar el sentido que el registro atribuye a las palabras de una persona.

Las mismas presiones aparecen siempre que un transcriptor tiene que recoger un habla distinta de la variedad para la que se formó. La prueba más clara viene de la investigación sobre el inglés afroestadounidense (AAE). Es una variedad regida por reglas, con gramática y pautas de sonido propias. De sus hablantes se espera a menudo que cambien al inglés estadounidense general (Mainstream American English) en los tribunales y otros entornos institucionales. En un estudio, unos investigadores grabaron a hablantes nativos de AAE leyendo oraciones cotidianas y pusieron el audio a 27 taquígrafos judiciales en activo de Filadelfia, alrededor de un tercio de los que ejercen en la ciudad.

Para certificarse hace falta una exactitud del 95 % o más; en estas grabaciones el grupo acertó el 82,9 % de las palabras sueltas. Medido por oraciones completas, donde basta una palabra mal para invalidar el conjunto, solo salió bien el 59,5 %. El 31 % de las transcripciones alteró el registro de quién intervenía, de qué acción o asunto se describía, de cuándo ocurría o de dónde. Y al parafrasear, los taquígrafos acertaron en promedio solo el 33 % de las oraciones.

La exactitud no guardó relación con la edad ni con la raza. Tampoco con el lugar donde se formó ni con los años que llevaba trabajando. Eso aleja la explicación del descuido individual, apuntando a un hueco en la formación y en los exámenes de los transcriptores. Esa certificación mide velocidad y exactitud en inglés estadounidense general, no el abanico de variedades que se oye en un tribunal. Cambiar de código no es un defecto del habla de nadie. Tampoco lo es hablar una variedad distinta de la que se toma por norma en la sala. Pero la transcripción es el registro oficial, y lo que no queda recogido en él, a efectos prácticos, no ocurrió.

Sobre del autor
Carrie Ott

Carrie Ott

Carrie Ott es una escritora de negocios multilingüe, editora y entusiasta de la herpetocultura.