Al oír a alguien hablar en otro idioma, puede dar la impresión de que va cinco veces más rápido de lo que uno ha hablado nunca. O quizá sonó lento y pausado, hasta bonito, casi poético. ¿Quiere decir eso que quienes hablan un idioma «veloz» son más eficientes y comunican más información en menos tiempo? No necesariamente.
Un estudio siguió la información que transmiten 17 idiomas y encontró que es el propio cerebro el que determina cuánta información lleva un idioma: todos convergen en más o menos la misma cantidad de información por segundo, sin importar a qué ritmo se hable. Ese equilibrio apunta a un techo universal que fija el cerebro, no la boca, y está en unos 39 bits por segundo.
Cómo se mide la «velocidad» de un idioma
Para medir lo rápido que se mueve un idioma, conviene fijarse en la velocidad a la que se transmite la información y no en la frecuencia con que aparecen los sonidos. Es la mejor manera de saber si quien habla rápido está «comunicando» de verdad más deprisa. Para eso, los científicos miden la transferencia de información en «bits».
Un bit es una unidad de la teoría de la información. No es un pensamiento ni un dato sueltos: mide el contexto predecible, y se gana más información cuanta más incertidumbre elimina quien escucha. Un ejemplo:
Untó la mantequilla en el ____.
Lo más probable es que uno haya pensado en «pan». Como es predecible, no «vale» muchos bits. En cambio, si la mantequilla hubiera acabado en el radiador, difícilmente se podía anticipar: una información tan inesperada elimina mucha más incertidumbre en cuanto se oye, así que se le asigna un valor más alto en bits.
¿Qué idiomas son los más rápidos y los más lentos?
Cuando los científicos intentan determinar qué idiomas son rápidos y cuáles lentos, se topan con un hecho llamativo: todos andan más o menos igual. Los idiomas rápidos suelen producir más sílabas, repartiendo en cada una una densidad media de bits más baja; en los lentos ocurre al revés, y cada sílaba concentra más bits. Al final todos convergen en torno a 39 bits por segundo.
Que un idioma se perciba como rápido o lento tiene que ver con su construcción. El japonés, por ejemplo, funciona con unidades parecidas a sílabas, simples y constantes, casi siempre secuencias de consonante y vocal. Como cada unidad distingue entre menos formas posibles, hace falta oír más unidades para ir analizando el mensaje, de modo que el japonés parece fluir deprisa sin llevar por ello más información.
La densidad de información y los límites del cerebro
¿Y por qué 39 bits por segundo? La boca humana puede ir muy rápido, así que cabría preguntarse si no sería posible aprender a hablar más rápido y transmitir más información. La producción del lenguaje se ha ido desarrollando a la par de las restricciones del cerebro. Quien escucha solo procesa cierta cantidad de información a la vez, y el habla obliga al cerebro a varias tareas simultáneas: identificar sonidos, predecir lo que viene, entender la sintaxis, elaborar el significado y revisar interpretaciones, todo mientras la oración todavía se está desplegando.
Con el tiempo, las sociedades han ido encontrando ese punto medio de 39 bits por segundo: lo bastante alto para resultar eficiente y lo bastante bajo para que entender no cueste trabajo. En escenarios muy concretos, como el de los controladores aéreos, se puede oír habla muy por encima de los 39 bits por segundo. Son profesionales que se comunican a gran velocidad usando términos tan propios de su sector que pueden resultar casi ininteligibles para quien es de fuera, y es el estándar de unos 39 bits lo que hace que esas situaciones parezcan extraordinarias al oyente medio.
Conviene recordar, eso sí, que los estudios sobre la velocidad de los idiomas apuntan a una pauta y no a una regla fija. Los 17 idiomas de la comparación funcionaban de forma parecida, pero son una fracción pequeña de todos los que hay en el mundo. En el estudio, además, los hablantes leyeron pasajes preseleccionados, que poco tienen que ver con una conversación espontánea. Ahí se hacen pausas, se corrige uno, se interrumpe, se enfatiza o se cuenta con el contexto que ya se comparte. Así que no es del todo cierto que cada idioma tenga el mismo «límite de velocidad»: lo que hacen es converger en un mismo rango de funcionamiento, con algunos equilibrios y algunas diferencias entre unos y otros.
La próxima vez que a uno le toque hablar, puede probar a hacerlo lo más rápido que pueda: quizá compruebe que, si la boca no falla antes, es a la mente a la que le cuesta armarlo todo por delante de las palabras. Y eso es solo una manera de ver, expresada en bits, la capacidad mental de una persona.
